Nacho López, el fotógrafo que innovó a partir de sus “acciones provocadas”


La Razón

27 de mayo de 2016

Plasmó este concepto en obras como La venus se va de juerga; contravino a las visiones de fotoperiodistas que insistían en su compromiso ante la realidad

Nacho López ha sido uno de los grandes experimentadores en las artes visuales en México. Buena parte de su trabajo se produjo en el ámbito del fotoreportaje, en el que dio también rienda suelta a la experimentación, en particular a través de lo que se conoce como “fotografía dirigida” o “acción provocada”. La acción provocada supone la participación directa del fotógrafo en la escena fotografiada. Puede decirse que se trata, en pocas palabras, de intervenir la realidad para fotografiar lo que sucede.

En principio, la idea fue por sí misma innovadora, y puede considerársele como un precursor del happening, en el que se generan situaciones específicas en lugares públicos para provocar reacciones no necesariamente previstas en públicos

involuntarios. Pero la idea de la acción provocada de Nacho López tiene mayores implicaciones respecto a la función de la fotografía y en particular del fotoreportaje, en donde ha predominado siempre el llamado principio de “no-injerencia”. En el manual de periodismo publicado por la Associated Press, por ejemplo, Ed Reinke describe el principio: “en lo que se refiere al fotoperiodismo —dice— enfatizo la palabra periodismo; tomamos fotografías en las circunstancias que se nos presentan y no intentamos modificar esas circunstancias.”

En México, por ejemplo, durante la Sexta Bienal de Fotoperiodismo del 2005, periodistas gráficos insistían que su compromiso está en plasmar “la realidad” de la cual son meros testigos. Desde esta perspectiva, intervenir en la realidad, montar situaciones o recrearlas, es mentir y engañar al público. Lo cierto es que a pesar de estas visiones, Nacho López no estaba solo en esta visión alternativa del fotoreportaje, que permitía y prácticamente se basaba en la acción provocada, ni siquiera en su época. Fotógrafos como Eugene Smith, Sebastiao Salgado, Robert Capa o Alexander Gardner empleaban también este tipo de método.

Pensar sobre qué tan periodístico o qué tan veraz es el trabajo de fotoreportaje de Nacho López nos permite ver la profundidad de su pensamiento teórico e incluso sociológico. Las fotografías de acción provocada no eran, simplemente, una curiosidad o un juego de un artista que, efectivamente, tenía una faceta lúdica. De ser así, no las habría definido como “fotoreportaje” ni los medios impresos le habrían dado ese lugar. Si el fotoreportaje aspira a mostrar la realidad, ¿qué realidad muestra una fotografía dirigida, una fotografía que captura un hecho provocado por el mismo fotógrafo?

Responder a esto, me parece, hace del trabajo de Nacho López una lección o propuesta específica para los fotoreporteros de hoy. Hay una diferencia muy clara, pero pocas veces pensada, entre mostrar las cosas que suceden o incluso las cosas que nos suceden, y mostrar el cómo nos suceden las cosas, cómo las vivimos, cómo las recibimos y qué producen en nosotros. En el descubrir y mostrar cómo reaccionan las personas frente a situaciones específicas, podemos apreciar y conocer mucho de lo que son, de lo que piensan, de su idiosincrasia. Provocar situaciones en las calles de la Ciudad de México para capturar las reacciones de sus habitantes, como lo hacía Nacho López, es entonces un método para descubrir y mostrar realidades de la sociedad en un ámbito más profundo al mero acontecimiento.

Un ejemplo muy claro es el caso del reportaje La Venus se va de juerga, que puede apreciarse en la exhibición Nacho López, Fotógrafo de México, en el Museo del Palacio de Bellas Artes. En esta serie de fotografías, López provocó reacciones en transeúntes y comerciantes del centro de la Ciudad de México al “sacar a pasear” un maniquí de una mujer desnuda. La situación provocada tiene muchos matices, que pueden o no ser intencionales, pero que profundizan y diversifican los elementos que podrían analizarse en las fotografías. Se trata de una mujer, pero no es una mujer, es un maniquí, y no es sólo un maniquí de una mujer, sino de una mujer bella, que es además de piel blanca y cabello claro…al maniquí, además, lo carga y pasea un hombre. De pronto lo dejan por ahí, en distintos contextos, como si fuera una persona más. Entonces, ¿qué podríamos pensar de las reacciones que capturó López? ¿Qué nos dicen las risas, las miradas lascivas, la timidez o el rechazo de la gente frente a la circunstancia?

No hay espacio, ni es la idea de este breve artículo, para desarrollar ese análisis. Lo importante aquí es mostrar cómo la acción provocada de Nacho López es, efectivamente, una manera de mostrar la realidad de una sociedad, en un nivel más profundo, quizá, que la mera captura de acontecimientos. Finalmente, así como esto puede plantearse como una propuesta frente a la labor del fotoreportaje actual, es también una propuesta para los amantes de la cámara (u hoy en día, el celular) y de la vida en la ciudad, y el Museo del Palacio de Bellas Artes pone en la mesa la propuesta con el concurso de fotografía Acción provocada, en el que tendrán la oportunidad de ganar cámaras profesionales y catálogos de la exhibición Nacho López, Fotógrafo de México. El primer requisito, es conocer la obra de López, precursor de esta mirada sobre la fotografía y la ciudad.

El éxito de El Arte de la Música. Este próximo 5 de junio, después de tres meses de estar abierta al público, culminará la exhibición El Arte de la Música, presentada en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Con más de 100 mil visitantes hasta el momento, ha sido una de las muestras con mayor impacto en la cartelera cultural en lo que va del año, sumado a las actividades académicas y conciertos que el Museo ha realizado de manera paralela, con una asistencia cercana a las 4 mil personas.

¿Qué es lo que ha vuelto tan atractiva esta exhibición? El primer punto es algo que es ya propio del Museo del Palacio de Bellas Artes, desarrollar proyectos expositivos que traen a México lo mejor del arte nacional e internacional, como ha sido el caso, por hablar de las más recientes exposiciones, de Miguel Ángel Buonarroti, un artista entre dos mundos y Leonardo Da Vinci y la idea de la belleza (con dos artistas que no requieren presentación), así como Vanguardia Rusa, el vértigo del futuro, en la que pudimos apreciar obras de maestros rusos como Malévich, Rodchenko, Tatlin o Eisenstein.

En esta ocasión, el Museo del Palacio de Bellas Artes reúne desde piezas arqueológicas de la antigüedad grecolatina y prehispánica, hasta grandes obras de artistas contemporáneos. La lista incluye maestros como John Baldessari, Salvador Dalí, Henri Toulouse-Lautrec, Henri Matisse, Wassili Kandinsky, Edgar Degas, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Juan Rulfo, entre muchos otros. El Arte de la Música permite al visitante apreciar, en un solo lugar, una colección de calidad artística y diversidad estilística que pocas veces se ve en museos de México y el mundo.

Otro punto que se añade al éxito de esta exhibición es la temática que da sentido y orienta esta gran selección. El Arte de la Música habla sobre eso, sobre arte y música, sobre el arte de la música, sobre la música en el arte y la música del arte, un tema que pocas veces reflexionamos, aunque sin darnos cuenta continuamente lo experimentamos. Tomando en cuenta la pregunta básica de cómo ha mirado el arte, y en particular las artes visuales, a la música, la exhibición se organiza en tres módulos temáticos.

El primero de ellos nos lleva a un paseo histórico que inicia con la antigüedad grecolatina y continúa con las sociedades prehispánicas hasta llegar a la modernidad, con piezas escultóricas y pictóricas que representan el mundo de la música, danzas, instrumentos, músicos, etc. El segundo módulo profundiza en esta perspectiva: llamado “social”, esta sección de la muestra exhibe obras que representan el papel o la función social de la música en sociedades y culturas específicas. Con la capacidad de prácticamente hacernos escuchar la música, estas obras nos hablan de la música en rituales públicos y privados, en festividades, en la religión e incluso en el amor.

Finalmente, la tercera aproximación se pregunta por las posibilidades de traducir al lenguaje visual el lenguaje musical. En esta última sección de la exposición, podemos apreciar obras que invitan a ver la música, obras que han representado propuestas teóricas y estéticas para traducir el ritmo y los sonidos (elementos básicos de la música) en imágenes. Se trata, en este caso, de una sección en la que dialogan obras pictóricas como Ragamala de la India, con pintura abstracta y conceptual, la experimentación, desde la neurociencia y la psicodelia de los carteles del rock hasta la contracultura.

En pocas palabras, la muestra El Arte de la Música es una oportunidad para ver las obras de grandes artistas, verlas desde una perspectiva desde la que muy probablemente nunca se les había visto, y poder —aún más interesante— ver la música y escuchar el arte, que no debe perderse.

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