Reportaje sobre el Plagio

EL FINANCIERO
Miércoles 11 de abril de 2012.

VERSIÓN INTEGRA CON PUNTOS DE VISTA DE ABOGADOS Y ESCRITORES...Y UN POEMA FINAL.
La palabra "plagio" no existe en la Ley del Derecho de Autor.
La cláusula no protege las ideas.
Carmen García Bermejo

La palabra "plagio" no existe en la Ley del Derecho de Autor.

En la Ley Federal del Derecho de Autor la palabra "plagio" no existe, aunque es una acción que algunos realizan. En México la norma sanciona la reproducción indebida de obras, si el ilícito se logra demostrar en un tortuoso proceso. Además, quien denuncia el plagio vive un doble supli- cio: ser relegado del mundo literario y ser tratado como si fuera el infractor.

En los diccionarios la palabra plagio sí existe y tiene varias definiciones: "Copiar a un autor y atribuirse indebidamente pasajes de su obra", "copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias". La acción está clara. Lo extraño es que este concepto no se encuentra incorporado como tal en las leyes de propiedad intelectual no sólo en México, sino en un gran número de países; es decir, no hay un tipo penal de plagio, ni tampoco una infracción explícita para el mismo.

El plagio es una figura del derecho romano que consistía en vender esclavos del prójimo co- mo propios; es decir, la venta de cosas ajenas, y quien cometía el delito era condenado con la pena de azotes. Aunque en la antigüedad no había una defensa del autor, el mayor castigo que recibían los plagiarios era el desprecio de la sociedad y, en consecuencia, el destierro.

El tema ha recorrido la historia a partir de la aparición de la imprenta. Ahora salta a debate por la situación generada con el caso de Sealtiel Alatriste, a quien varios escritores lo tenían en la mira desde hace tiempo. Pero el 23 de enero, cuando se anunció que había ganado el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2012, volvió a resurgir la acusación de plagio literario que Alatriste ha cometido por lo menos en los últimos siete años. La andanada de evidencias provocó que renunciara el 15 de febrero al premio Villaurrutia y a Difusión Cultural de la UNAM. Pese a que negó haber cometido plagio, reconoció "haber copiado unos párrafos que sí son literales, sin comillas, ni citar la fuente".

El plagio es una práctica que, por desgracia, está enquistada en el mundo literario y, a veces, hasta cobijado por ciertas editoriales. Cuando se ha denunciado, los casos no han llegado en México a sentencias, pero en otros países ha prosperado el castigo. Los ejemplos más recientes son los de Arturo Pérez-Reverte, en España, y Alfredo Bryce Echenique, en Perú. El primero plagió el guión Corazones púrpura, de Antonio González Vigil. Luego de diez años de juicio, la corte condenó (en mayo de 2011) al famoso escritor y periodista a pagar 80 mil euros. En el segundo caso, uno de los escritores más laureados fue acusado por plagiar 16 artículos de 15 autores de la revista Jano: la autoridad de su país lo condenó a pagar, en 2007, cerca de 40 mil euros.

Otras celebridades literarias, incluyendo premios Nobel, han sido acusadas de plagio:

§ El célebre escritor español Camilo José Cela fue denunciado por Carmen Formoso de haber plagiado su novela Carmen, Carmela, Carmiña, Fluorescencia para escribir su libro La cruz de san Andrés, y aunque quedó la duda la sentencia absolvió al Nobel de Literatura "porque un escritor en la cumbre del mundo de las letras no comete este tipo de fechorías".

§ El portugués Nobel literario José Saramago fue acusado por el escritor mexicano Teófilo Huerta Moreno porque la novela Las intermitencias de la muerte es una derivación de su cuento "¡Últimas noticias!"

§ En México, Alfonso Reyes fue señalado por plagiar a George Kent y de retomar versos de Paul Valéry. Pero también el Nobel Octavio Paz fue acusado de haber plagiado las obras de Rubén Salazar Mallén y de Samuel Ramos para escribir El laberinto de la soledad, asimismo reprodujo partes importantes de las investigaciones del erudito sorjuanista Ermilo Abreu Gómez para escribir Las trampas de la fe. Gabriel Gar- cía Márquez fue acusado de plagiar el libro La casa de las doncellas dormidas, de Yasunari Kawabata, para escribir sus Memorias de mis putas tristes.

§ A Carlos Fuentes se le acusa de apropiarse de varios elementos de la novela Manhattan Transfer, de John Dos Passos, para escribir La región más transparente y de copiar aspectos de Los papeles de Aspern, de Henry James, para Aura. El escritor mexicano Víctor Celorio lo acusó por haber plagiado su novela El unicornio azul de la que Fuentes retoma 110 citas textuales para escribir Diana o la cazadora solitaria.

§ Luis González de Alba solicitó a Elena Poniatowska corregir más de 500 líneas de su libro La noche de Tlatelolco y que correspondían a los párrafos de su novela Los días y los años usados con su autorización pero con graves inexactitudes. La escritora se negó y él la demandó. La sentencia le dio la razón al autor y Poniatowska reeditó su obra con las enmiendas. En tanto, Héctor Aguilar Camín plagió Los días contados, de Pedro Ochoa Palacios, para escribir su libro La tragedia de Colosio; mientras que Carmen Boullosa plagió Un Dios para Cordelia, de Malú Huacuja del Toro, para acometer su novela Cielos de la tierra.

Estos son algunos casos, pero hay más ejemplos. El plagio, en México, es difícil de comprobar ante un juez, co- mo lo explican varios especialistas en el tema que, convocados por Ignacio Otero Muñoz -docto en propiedad intelectual e industrial- participaron en la mesa El plagio literario, en la Facultad de Derecho de la UNAM.

María del Carmen Arteaga Alvarado, perito en derecho de autor, comenta que lo que protege esta cláusula es la expresión de todas esas ideas que un escritor tuvo al momento de crear su obra. Pero no protege ideas porque los seres humanos podemos tener las mismas ideas o parecidas. Refiere que siempre que se alega un plagio se piensa que es porque alguien se apropió de las ideas del autor. Pero el derecho de autor no protege las ideas. Ahora, si alguien quiere disponer de la obra de un tercero debe pedirle autorización y pagarle regalías. Lo lamentable es que la mayoría de quienes hacen eso buscan aprovecharse del trabajo de los demás.

Arteaga Alvarado señala que hay casos de excepción donde se puede hacer una libre reproducción de las obras, pero no para que otro las tome y plasme como suyas o las parafrasee o se apropie de una serie de elementos que hagan parecer que son de su autoría. En esos casos lo correcto es poner comillas y hacer la cita respectiva:

-Por desgracia, en nuestra ley todos los casos de excepción que prevé no señala criterios -alerta la especialista-. No hay criterios administrativos. La autoridad tampoco nos puede decir si son tres o cuatro renglones o cinco o diez hojas las que se pueden copiar. Tampoco hay algo que nos dé seguridad de que no estamos infringiendo la ley. Ajustarnos a estas excepciones es verdaderamente complicado. Ahora, no hay un tipo penal de plagio. Se sancionan conductas relacionadas con la reproducción indebida de las obras que pueden constituir un tipo penal. El plagio, que es la reproducción total o parcial de una obra, conlleva a una afectación a la moral del autor y puede dar lugar a la reparación del daño moral.

Por su parte, César Callejas Hernández -director del Seminario de Patentes y Marcas en la Facultad de Derecho de la UNAM- asegura que el tema del plagio está en el uso de las palabras que constituyen la posibilidad expresiva del otro, lo que destruye la idea de "qué tanto es tantito"; esto es, si copiamos poquito o mucho. El aspecto central es la expresión. Por lo tanto, el plagio literario no es un problema teórico, ni de cuántos renglones copió, ni de estética. En las demandas de derecho de autor se analiza cómo se articuló la historia, qué quería decir el autor de aquello que ya se había dicho antes, etcétera.

-Por eso este tema se ha vuelto, con los años, un asunto de alta especialización -dice Callejas Hernández-. Así como quien lleva patentes tiene un grupo de ingenieros que le dice cuándo hay una novedad, pues es gente docta en de- tectar eso, lo que se necesita en el derecho de autor es un grado de cultura aceptable e incluso elevado y saberse expresar correctamente para ubicar cuándo un autor tomó algo que no es suyo. El punto no es qué pensó el autor o qué pareciera que quiso decir. Lo que cuenta es lo que se dice y cómo se dice.

José Luis Caballero Leal, especialista en propiedad intelectual e industrial, es contundente al indicar que en las poco más de 22 mil palabras de que consta la Ley del Derecho de Autor y su reglamento no hay una sola que defina el plagio. En una oportunidad para tra- tar de reivindicar a Sealtiel Alatriste, pre- cisa que lo que éste hizo podría ser calificado como "una falta administrativa".

-El tema no se resuelve desde la perspectiva cualitativa, ni cuantitativa -asegura-; pero la ley no nos ofrece una solución al respecto. La calificación de la inobservancia del derecho al uso de la falta o el fragmento copiado no corresponde a los profesionales del derecho sino a los jueces que se encargan de impartir la justicia. Y en los últimos 27 años de ejercicio profesional no conozco un solo caso a través del cual un juzgador haya emitido una sentencia que fije el criterio para determinar "qué tanto es tantito". El Derecho de Autor radica en la forma de expresión, en la manera en que nosotros decimos las cosas, cómo las expresamos, cómo las sentimos. Por esta razón el tema es simplemente de apreciación para quienes nos dedicamos a su defensa.

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Ladrones, amenazas, fraude, engaño, tonterías, ignorancia.
Carmen García Bermejo

La visión de los escritores es distinta a la de los abogados, sobre todo para quienes han sido plagiados.

El 26 de mayo de 2006 el escritor y profesor de la UNAM Teófilo Huerta Moreno compareció ante la dirección jurídica del Instituto Nacional del Derecho de Autor, ante quien promovió una denuncia en contra del portugués José Saramago al considerar que la novela Las intermitencias de la muerte, escrita por este premio Nobel, es una derivación, sin el debido consentimiento, de su cuento “¡Últimas noticias!” dentro del compendio La segunda muerte y otros cuentos de fúnebre y amorosa hechura que él registro en 1986.
Se levantó un acta de la comparecencia y se archivó el procedimiento administrativo.
En entrevista, Huerta moreno explica a EL FINANCIERO que su intención no es el escándalo, el protagonismo, la fama o el dinero, sino elemental justicia.

-Para los escritores-dice- el plagio es un robo, una apropiación ajena de la obra original. El que la palabra no aparezca en la Ley Federal del Derecho de Autor no significa que no exista, porque los artículos 144 y 78 son muy claros. El primero obliga a terceros a citar la fuente y el segundo está relacionado con la derivación, el parafraseo, la emulación de toda una serie de adjetivos que el mismo artículo refiere para decir que si el autor original no ha dado permiso para ello, también se incurre en un delito. No porque no exista la palabra, no existe la falta. Mañosamente esta gente dice “No hay plagio, nada más hay copia”. La copia dentro del mundo literario es un plagio, un robo.

Acepta que es muy enredado y laberíntico el proceso judicial. Por lo mismo cuando un autor que es plagiado denuncia el hecho, le rebota la pelota en su cancha:
- Entonces te empiezan a decir: “No hagas ruido, no te metas…”, porque como está entrampado el proceso para demostrar no sólo la cita textual sino una parte del eje argumental, la concepción de ideas, los parafraseos, es cuando a uno le aconsejan que deje el caso, como si fuera un pecado defender los derechos de autor. A la fecha quien se atreve a denunciar esta práctica es señalado por quienes defienden el plagio.
Resalta que si bien a Sealtiel Alatriste se le exhibió como plagiador de textos, también está su otra parte como empresario y editor, en donde incurrió en violaciones graves.

- Las personas que nos hemos visto afectadas coincidimos en que nuestras obras plagiadas se entregaron a la editorial Alfaguara para que hubiera una evaluación del trabajo y pudiera ser considerada su publicación, como es mi caso, o que entraron a algún concurso y no ganaron, pero, a la larga, su texto se vio reflejado en otras novelas ajenas a su autoría original. En esas dos vías, curiosamente, Sealtiel estuvo inmiscuido. Esto es muy delicado. No es posible que siendo el director de esa casa editorial se dedicara sistemáticamente a eso. Aquí hemos salido a la palestra cuatro escritores, pero quién sabe si otros sufrieron esta situación y no se han atrevido a hablar. Ese hombre es tramposo en copiar y tramposo en aprovecharse de los textos de los desconocidos. En ese sentido uno no puede saber qué tan infectado esté nuestro mundo editorial. Yo me lancé al ruedo para poner en evidencia la situación , pero por falta de recursos económicos y herramientas legales ya no avance más.

La prestigiada escritora Malú Huacuja del Toro es otra de las afectadas: curiosamente Carmen Boullosa maneja en su novela Cielos de la tierra el mismo argumento que Malú escribió, mucho antes, en Un Dios para Cordelia: “Sometí mi manuscrito a consideración de varias editoriales y hasta a un concurso de novela que no gané –recuerda Huacuja del Toro en entrevista- ¿Quiénes habían sido los inescrupulosos jurados o dictaminadores en cuyas manos había caído mi trabajo? Lo ignoraba, pero era evidente que nadie le había informado a Carmen Boullosa que esa historia que quién sabe cómo había conseguido leer y con la que se había postulado para una beca para ir a Alemania a inspirarse y a escribirla, estaba ya en la imprenta, lista para ser publicada bajo el sello de la editorial Océano”.

Huacuja del Toro asevera que el plagio es un fraude para los lectores y significa que hay una persona dispuesta a estafar a la gente para obtener ese valor robado, ya sea monetario o social, sobre todo porque no hay plagiario que no cobre, en prestigio y/o en dinero.
-Desde el momento en que un texto tiene una firma, el lector espera una identidad detrás de la voz a la que lee, así sea seudónima o heterónima, pero no en contra de la voluntad del autor o sin pedirle permiso: espera la voz de León Tolstoi detrás de La guerra y la paz, e independientemente de que su acta de nacimiento la defina como Lucila Godoy, espera la voz de Gabriela Mistral en Los sonetos de la muerte. Igualmente, al leer uno de sus artículos, el lector espera leer a Alatriste y no a los muchos colaboradores de la Wikipedia. Por eso se paga el periódico o el libro. No es un texto anónimo ni de autoría colectiva que nadie contrató ni pagó. El plagio es fraude, y que después esa persona se postule como candidata a diputada no es más que la prueba de que quien inicia una carrera como defraudador difícilmente puede dar marcha atrás.
Lamenta que Guadalupe Loaeza haya escrito “el que no haya plagiado en su vida que tire la primera piedra, estoy con Sealtiel”.
-¿Para qué invita? –insiste Malú Huacuja del Toro-. Somos muchos quienes no hemos plagiado. De hecho, es dificilísimo ser tan soberbio como ellos. Xavier Velasco nos regañó en su columna porque Alatriste usaba negros como él; esto es, escribanos, y que estamos faltos de imaginación y que “cómo no nos damos cuenta de que fueron los negros” los que copiaron la Wikipedia y no Alatriste. Claro, la culpa la tenemos nosotros, no los que copiaron la Wikipedia y no el propio Alatriste por contratar escribanos y ni siquiera verificar qué carazos le escriben sus negros.

El escritor mexicano Víctor Velorio demandó a Carlos Fuentes por el plagio de su novela El unicornio azul para escribir Diana o la cazadora solitaria. La demanda no procedió. Ahora, Velorio es presidente de InstaBook y reside en Gainesville, Florida, ha sido reconocido con el premio internacional Goleen Poet Award 1989, otorgado por la Sociedad de Poesía Mundial de Sacramento, California. Respecto al plagio, considera que los delitos de este tipo se deberían de perseguir de oficio conforme lo establece el título vigésimo sexto de los delitos en materia de Derechos de Autor del Código Penal Federal de México vigente. Es decir, sí existe una sanción penal. Pero se requiere una estructura judicial para aplicar las leyes. Y es allí donde comienzan los problemas.

-Fui el primer escritor- precisa Velorio – que demandó legalmente un plagio en México. Nadie, ni los empleados de las oficinas de Derechos de Autor, sabían cómo proceder con mi caso. Los problemas se multiplican cuando hay que probar el plagio en los juzgados. En ese momento el escritor se enfrenta a varios obstáculos: el primero es el de probar el plagio mismo, sobre todo cuando es un fusil y no copia exacta. El segundo obstáculo es el de la educación misma de los abogados y de los jueces. Basta con leer las tonterías sin ton ni son que escriben muchos de ellos para comprobar que no saben leer ni sus propios nombres. En mi caso contra Carlos Fuentes, por ejemplo, el juez confundió las leyes aplicables y dictaminó que aunque efectivamente las similitudes que yo señalaba eran ciertas, mi demanda no procedía porque yo no era dueño de las palabras, como si se tratara de una demanda de derechos de marca y no de una demanda por plagio.
Velorio resalta que un literato vive de sus palabras escritas. Por lo tanto, establece un contrato con sus lectores y con sus colegas. Les promete que lo que está escribiendo es de su autoría. Pero cuando plagia, está robando a sus colegas y está defraudando a sus lectores. “Un plagiario es un ladrón por partida doble. Tan sencillo como eso. Por ética profesional y personal, los escritores y los lectores deberían rechazarlo de inmediato como ocurre en el resto del mundo, en lugar de solaparlo como lo hacen algunos en México. En mi caso, Sealtiel Alatriste, como gerente de la editorial Alfaguara, me amenazó abierta y directamente (y así quedó registrado en Derechos de Autor) con boletinarme para que ningún editor me publicara si yo persistía con mi demanda.”

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Zancadillas.
Modus operandi.
Carmen García Bermejo

Lo que prevalece en las denuncias de plagio de los escritores que de una u otra forma tuvieron contacto con la editorial Alfaguara en la década de los noventa es señalar un modus operandi de su entonces director Sealtiel Alatriste: la apropiación de una obra original, luego de la convocatoria de un concurso y/o la recepción del trabajo para dictamen, como lo muestra también el caso del escritor y agregado cultural del consulado de México en San Diego: Pedro Ochoa Palacios.

Entre 1998 y 1999 Ochoa Palacios, ex director del Centro Cultural Tijuana, concluyó su libro Los días contados, referente a la muerte de Luis Donaldo Colosio, asesinado el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas. El autor cuenta en un artículo publicado en el semanario Zeta que, luego de terminar su libro, lo hizo llegar a la editorial Alfaguara, que un amigo lo entregó directamente a Sealtiel Alatriste, entonces director de la citada editorial. Pero en ese mismo 1999, coincidentemente, Alatriste visitó Tijuana para dar una plática en el Cecut, donde sostuvo una conversación con él y básicamente le dijo que la estructura de su libro era de difícil lectura y que en ese momento al lector le interesaba más la elección del año 2000, por lo cual la publicación no era posible. La sorpresa le llegó en 2004.

-Coincidiendo con los diez años de la muerte de Colosio -afirma Ochoa Palacios-, me sorprendía ver publicado por Alfaguara La tragedia de Colosio, de Héctor Aguilar Camín, libro que coincide con la metodología (hecho a base de varias citas repetidas), el ritmo narrativo, la secuencia de voces y el razonamiento general de la compilación de la trama, que no pretende encontrar conclusiones sino relacionar declaraciones de personajes vinculados para que sea el lector quien arme el rompecabezas.

Como muchas personas habían conocido su texto porque Ochoa Palacios había publicado avances de su libro en algunos diarios locales en distintos años, las reacciones no se hicieron esperar. Mario Ortiz Villacorta, cronista de la ciudad de Tijuana, publicó el artículo "¿Plagiario Aguilar Camín?" (Frontera, 14/06/2004), en el cual realiza un análisis de Los días contados y lo confronta con el publicado por Alfaguara. En tanto, el periodista Jaime Cháydez, citando a Ortiz Villacorta, cuestionó personalmente a Aguilar Camín sobre el conocimiento de su libro, a lo cual Aguilar solamente respondió con cierto asomo de cinismo:

-¿Cómo se llama el libro de Pedro?

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Oda al plagio

"Por las denuncias que he vertido/ desde hoy serás célebremente conocido/ con el despreciable mote "¡Del Plagiador!"/ Culpa de tu ignorancia es que tienes que mentir/ pues nunca podrás parir de tu ingenio las palabras/ que te llenen de esa calma y no tengas que robar/ dado que la incompetencia te avergüenza/ y plagias con alevosia, al solo fin de triunfar...

El temor a no ser reconocido/ es un freno alternativo para el inmoral/ al que le dará igual emular o copiar/ dado que en su naturaleza asnal/ de no servir para nada, se lo reconoce por el estilo/ del que se esta queriendo copiar...

Las letras que se proyectan cerebralmente/ desde el extremo de la pasión/ siempre fueron tentación para un ser malevolente.../ Careciendo de creatividad ardiente, tú te "afanas"/ por triunfar, aunque tengas que robar/ ese escrito tan deseado, tu cerebro envenenado/ adicto y acobardado es que te incita a plagiar...

Sumirse en una pasión es volver a fecundarse/ expresarse literalmente es el goce del casto y puro/ y tú, !inmundo parásito!, que te dedicas a copiar/ nunca podrás penetrar en esa mitología abismal/ dulce mundo espiritual, paraíso terrenal,/ donde se inspiran los poetas..... ¡No al plagio!"
Juan Antonio Arenales.




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