Ladrones, amenazas, fraude, engaño, tonterías, ignorancia

El Financiero
Carmen García Bermejo
11 de abril de 2012
La visión de los escritores es distinta a la de los abogados, sobre todo para quienes han sido plagiados.
El 26 de mayo de 2006 el escritor y profesor de la UNAM Teófilo Huerta Moreno compareció ante la dirección jurídica del Instituto Nacional del Derecho de Autor, ante quien promovió una denuncia en contra del portugués José Saramago al considerar que la novela Las intermitencias de la muerte, escrita por este premio Nobel, es una derivación, sin el debido consentimiento, de su cuento “¡Últimas noticias!” dentro del compendio La segunda muerte y otros cuentos de fúnebre y amorosa hechura que él registro en 1986.
Se levantó un acta de la comparecencia y se archivó el procedimiento administrativo.
En entrevista, Huerta moreno explica a EL FINANCIERO que su intención no es el escándalo, el protagonismo, la fama o el dinero, sino elemental justicia.
-Para los escritores-dice- el plagio es un robo, una apropiación ajena de la obra original. El que la palabra no aparezca en la Ley Federal del Derecho de Autor no significa que no exista, porque los artículos 144 y 78 son muy claros. El primero obliga a terceros a citar la fuente y el segundo está relacionado con la derivación, el parafraseo, la emulación de toda una serie de adjetivos que el mismo artículo refiere para decir que si el autor original no ha dado permiso para ello, también se incurre en un delito. No porque no exista la palabra, no existe la falta. Mañosamente esta gente dice “No hay plagio, nada más hay copia”. La copia dentro del mundo literario es un plagio, un robo.
Acepta que es muy enredado y laberíntico el proceso judicial. Por lo mismo cuando un autor que es plagiado denuncia el hecho, le rebota la pelota en su cancha:
- Entonces te empiezan a decir: “No hagas ruido, no te metas…”, porque como está entrampado el proceso para demostrar no sólo la cita textual sino una parte del eje argumental, la concepción de ideas, los parafraseos, es cuando a uno le aconsejan que deje el caso, como si fuera un pecado defender los derechos de autor. A la fecha quien se atreve a denunciar esta práctica es señalado por quienes defienden el plagio.
Resalta que si bien a Sealtiel Alatriste se le exhibió como plagiador de textos, también está su otra parte como empresario y editor, en donde incurrió en violaciones graves.
- Las personas que nos hemos visto afectadas coincidimos en que nuestras obras plagiadas se entregaron a la editorial Alfaguara para que hubiera una evaluación del trabajo y pudiera ser considerada su publicación, como es mi caso, o que entraron a algún concurso y no ganaron, pero, a la larga, su texto se vio reflejado en otras novelas ajenas a su autoría original. En esas dos vías, curiosamente, Sealtiel estuvo inmiscuido. Esto es muy delicado. No es posible que siendo el director de esa casa editorial se dedicara sistemáticamente a eso. Aquí hemos salido a la palestra cuatro escritores, pero quién sabe si otros sufrieron esta situación y no se han atrevido a hablar. Ese hombre es tramposo en copiar y tramposo en aprovecharse de los textos de los desconocidos. En ese sentido uno no puede saber qué tan infectado esté nuestro mundo editorial. Yo me lancé al ruedo para poner en evidencia la situación , pero por falta de recursos económicos y herramientas legales ya no avance más.
La prestigiada escritora Malú Huacuja del Toro es otra de las afectadas: curiosamente Carmen Boullosa maneja en su novela Cielos de la tierra el mismo argumento que Malú escribió, mucho antes, en Un Dios para Cordelia: “Sometí mi manuscrito a consideración de varias editoriales y hasta a un concurso de novela que no gané –recuerda Huacuja del Toro en entrevista- ¿Quiénes habían sido los inescrupulosos jurados o dictaminadores en cuyas manos había caído mi trabajo? Lo ignoraba, pero era evidente que nadie le había informado a Carmen Boullosa que esa historia que quién sabe cómo había conseguido leer y con la que se había postulado para una beca para ir a Alemania a inspirarse y a escribirla, estaba ya en la imprenta, lista para ser publicada bajo el sello de la editorial Océano”.
Huacuja del Toro asevera que el plagio es un fraude para los lectores y significa que hay una persona dispuesta a estafar a la gente para obtener ese valor robado, ya sea monetario o social, sobre todo porque no hay plagiario que no cobre, en prestigio y/o en dinero.
-Desde el momento en que un texto tiene una firma, el lector espera una identidad detrás de la voz a la que lee, así sea seudónima o heterónima, pero no en contra de la voluntad del autor o sin pedirle permiso: espera la voz de León Tolstoi detrás de La guerra y la paz, e independientemente de que su acta de nacimiento la defina como Lucila Godoy, espera la voz de Gabriela Mistral en Los sonetos de la muerte. Igualmente, al leer uno de sus artículos, el lector espera leer a Alatriste y no a los muchos colaboradores de la Wikipedia. Por eso se paga el periódico o el libro. No es un texto anónimo ni de autoría colectiva que nadie contrató ni pagó. El plagio es fraude, y que después esa persona se postule como candidata a diputada no es más que la prueba de que quien inicia una carrera como defraudador difícilmente puede dar marcha atrás.
Lamenta que Guadalupe Loaeza haya escrito “el que no haya plagiado en su vida que tire la primera piedra, estoy con Sealtiel”.
-¿Para qué invita? –insiste Malú Huacuja del Toro-. Somos muchos quienes no hemos plagiado. De hecho, es dificilísimo ser tan soberbio como ellos. Xavier Velasco nos regañó en su columna porque Alatriste usaba negros como él; esto es, escribanos, y que estamos faltos de imaginación y que “cómo no nos damos cuenta de que fueron los negros” los que copiaron la Wikipedia y no Alatriste. Claro, la culpa la tenemos nosotros, no los que copiaron la Wikipedia y no el propio Alatriste por contratar escribanos y ni siquiera verificar qué carazos le escriben sus negros.
El escritor mexicano Víctor Velorio demandó a Carlos Fuentes por el plagio de su novela El unicornio azul para escribir Diana o la cazadora solitaria. La demanda no procedió. Ahora, Velorio es presidente de InstaBook y reside en Gainesville, Florida, ha sido reconocido con el premio internacional Goleen Poet Award 1989, otorgado por la Sociedad de Poesía Mundial de Sacramento, California. Respecto al plagio, considera que los delitos de este tipo se deberían de perseguir de oficio conforme lo establece el título vigésimo sexto de los delitos en materia de Derechos de Autor del Código Penal Federal de México vigente. Es decir, sí existe una sanción penal. Pero se requiere una estructura judicial para aplicar las leyes. Y es allí donde comienzan los problemas.
-Fui el primer escritor- precisa Velorio – que demandó legalmente un plagio en México. Nadie, ni los empleados de las oficinas de Derechos de Autor, sabían cómo proceder con mi caso. Los problemas se multiplican cuando hay que probar el plagio en los juzgados. En ese momento el escritor se enfrenta a varios obstáculos: el primero es el de probar el plagio mismo, sobre todo cuando es un fusil y no copia exacta. El segundo obstáculo es el de la educación misma de los abogados y de los jueces. Basta con leer las tonterías sin ton ni son que escriben muchos de ellos para comprobar que no saben leer ni sus propios nombres. En mi caso contra Carlos Fuentes, por ejemplo, el juez confundió las leyes aplicables y dictaminó que aunque efectivamente las similitudes que yo señalaba eran ciertas, mi demanda no procedía porque yo no era dueño de las palabras, como si se tratara de una demanda de derechos de marca y no de una demanda por plagio.
Velorio resalta que un literato vive de sus palabras escritas. Por lo tanto, establece un contrato con sus lectores y con sus colegas. Les promete que lo que está escribiendo es de su autoría. Pero cuando plagia, está robando a sus colegas y está defraudando a sus lectores. “Un plagiario es un ladrón por partida doble. Tan sencillo como eso. Por ética profesional y personal, los escritores y los lectores deberían rechazarlo de inmediato como ocurre en el resto del mundo, en lugar de solaparlo como lo hacen algunos en México. En mi caso, Sealtiel Alatriste, como gerente de la editorial Alfaguara, me amenazó abierta y directamente (y así quedó registrado en Derechos de Autor) con boletinarme para que ningún editor me publicara si yo persistía con mi demanda.”


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