El voto nulo y el regreso del qualunquismo

Autor: Carlos Manuel Hornelas Pineda

PARTICIPANTE DEL CONCURSO ELECCIONES 2009

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Cierre de votaciones 9 DE JULIO DE 2009


Anteriormente publicado en Periodistas en Línea

En 1976 esa sociedad, la llamada mayoría silenciosa, requería anular el voto en la elección presidencial. José López Portillo iba en solitario en la carrera por la grande, dado que los panistas no habían podido postular candidato por diferencias internas y la izquierda, aún en el sótano de la democracia no había sido reconocida como jugador válido para esas elecciones.

No obstante, dicha fuerza política consiguió 5.86% de la votación y 17 diputados, y se dice que gracias a esto, el sistema tuvo que dar paso a la reforma electoral del 77. El movimiento de los votos nulos evidenciaba el descontento en contra de la elección presidencial con un solo candidato: José López Portillo.

No era un llamado a no votar, era una protesta ante un absurdo, puesto que con su simple voto, y no habiendo candidato alternativo, de cualquier modo habría ganado la elección.

Así, la izquierda entró a escena política parlamentaria gracias a que muchos de esos votos tenían el nombre de Valentín Campa en el espacio para candidatos no registrados, lo cual los convertía en nulos. Lo cual cuantificaba el descontento.

La situación ha cambiado radicalmente desde entonces. Ahora se llama a nulificar el voto tachando toda la boleta sin más. Al cabo de unas cuantas décadas ahora sectores urbanos y no rurales; clases medias y no marginales; profesionistas y no estudiantes truncados; sectores ubicados en el centro derecha y no en la izquierda radical llaman a mostrar su descontento en las urnas a través de esta operación de nulificación en los próximos comicios.

Los supuestos argumentos presentados como una idea de vanguardia han estado presentes como caldo de cultivo en las últimas décadas: la impunidad rampante; la prepotencia de los 3 poderes formales en general a los tres niveles de gobierno; la indiferencia de la clase política con los problemas de la nación; el cinismo en el otorgamiento de prebendas y privilegios que segregan a la sociedad; el abuso de poder en cualquier aspecto de la vida social y en suma, la falta de representatividad de una ciudadanía en una democracia en cierne.

La idea del voto nulo se acompaña de un desprecio por la clase política en general y aprovecha el resentimiento, la frustración y el encono como base de un movimiento que a final de cuentas resulta en la reencarnación del Qualunquismo, surgido en la Italia de la posguerra del siglo pasado. El movimiento fue fundado por Guglielmo Giannini, comediógrafo romano, en torno al semanario L´uomo qualunque (un hombre cualquiera, un hombre ordinario) que dirigía en 1944 y a través del cual expone una serie de ideas que la gente de la época percibió como un verdadero programa político.

En realidad se trata de una serie de vagos principios que asumieron como suyos los electores moderados y conformistas, personas que se encontraban privadas de un partido que representase sus intereses, tal como se argumenta que sucede hoy en día. El movimiento partió de un diagnóstico radicalmente negativo acerca de la llamada “clase política” y ponía en cuestión el funcionamiento de los partidos políticos en su conjunto.

Cuestionaba la democracia representativa y sin embargo, logró meterse en la lucha política y conquistó algunos escaños en el parlamento italiano: los que no creían en el régimen partidista y en la representatividad, terminaron con una curul.

Desde entonces, en el lenguaje político se utiliza el término como peyorativo para designar una estrategia demagógica y populista que desprecia por igual a los partidos políticos y que defiende la gestión administrativa sobre cualquier otro valor en la política. El qualunquismo propone, entre otras cosas, reducir el Estado a su mínima expresión como simple garante de gestión administrativa de servicios.

De tal suerte que acepta la cesión del poder o la revocación del mandato en razón de la buena o mala gestión de hombres honestos y desvinculados del aparato político en general. Reduce, en una palabra la política a una cuestión de efectividad. Por supuesto con la carga populista que esto pueda tener.

El movimiento actual del voto nulo redime al qualunquismo a través del falso espejismo de que a través de esta operación se mandará un mensaje a los políticos. Se parte de una serie de afirmaciones que por categóricas y vehementes quieren pasar por razonadas. Por ejemplo, parten del supuesto de que los votos nulos se contarán en tal número que no podrán pasar inadvertidos. Para empezar, la democracia en México se gana por un sólo voto, no por la anulación del mismo, lo cual equivale a decir que si todos votáramos nulo y un solo candidato, López Portillo, por ejemplo, votara por sí mismo, la elección se definiría en torno a su candidatura.

Ahora bien, ¿para qué sirven los votos nulos? El Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE), puede darnos una idea sobre la trascendencia de este particular en una elección.

El artículo 274 establece que se deberán contar los votos nulos, así como el qualunquismo moderno nos dice que se hace; el 276 abunda acerca del escrutinio, declara que los votos nulos se computarán por separado; el 277 habla sobre cómo validar un voto para cómputo y cómo considerarlo nulo; el 279 establece que dicho número de votos nulos deberá aparecer en el acta respectiva; y por último el 295 nos esclarece para qué ha servido ese cómputo, específicamente el inciso D a la letra establece “El Consejo Distrital deberá realizar nuevamente el escrutinio y cómputo cuando:[…] II. El número de votos nulos sea mayor a la diferencia entre los candidatos ubicados en el primero y segundo lugares en votación […]”.

En otras palabras, de modo práctico sólo sirve para saber si han contado bien los votos que si cuentan. Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre un voto nulo y uno anulado? Es decir, el sistema de cómputo no distingue entre aquellos votos considerados nulos por error del votante, que sin haberlo querido desperdicia su oportunidad de voto por un mal llenado del formulario o uno que intencionalmente anuló su voto. Lo cual quiere decir que tanto errores humanos como votos nulos intencionales van en el mismo saco. Igual se computa a aquellos que por no saber leer votan mal que aquellos “intelectuales” que anulan su voto.

Y finalmente dichos votos no son tomados en cuenta para decidir el ganador de la contienda. Como diría Musacchio un voto duro mata al voto nulo. Si los votantes deciden anular su voto, automáticamente el triunfo se definirá en el partido que concrete el sufragio de mayor número de militantes. Los votos nulos, del mismo saco, se supone representan el descontento y rechazo hacia la clase política, como se nos ha dicho en estas campañas, no obstante, es una masa amorfa donde caben tanto los errores, los analfabetos, los “intelectuales”, la clase media, los votantes iniciales, los inconformes cómodos; que sólo se constituirían como un frente político válido si representaran una causa común y se presentaran articulados en torno a un plan de mediano o largo plazo, cuestión que no existe en este momento.

Es entonces, una falsa mayoría. Recordemos que la debacle del qualunquismo ocurre merced a su principio de gestación: dada su base social, refractaria a toda participación política constante, fue incapaz de lograr una estructura organizativa. Finalmente fue absorbido por la democracia cristiana en el corto plazo y desapareció tan rápido como se gestó.

En otros países existen otros instrumentos como el voto blanco que consiste en dejar la boleta sin marcar para que se compute. En estos sistemas si la votación no alcanza un mínimo porcentaje requerido para proclamar un ganador, la elección o se anula o se va a una segunda vuelta.

En México no sucede así. Aún con el más bajo nivel de participación la elección se gana a través de los votos directos. Asimismo, en otros países se puede votar no sólo a favor de un candidato sino en contra de él a fin de que su registro sea cancelado. En México sólo existe la posibilidad por el voto afirmativo.

Por último, en otros países existe la posibilidad de votar por un candidato no registrado o no ligado con cualquier partido político. En México aunque existe una casilla para tal efecto, los resultados no son tomados en cuenta y se computan como votos nulos.

De otro modo Cantinflas habría sido con seguridad, presidente desde hace muchas elecciones. Si el discurso del voto nulo nos convence que hay una clase política mala y deleznable y un pueblo bueno, noble y racional que tiene un consenso ante la imposibilidad de seguir adelante con un régimen de partidos, crea la ilusión de que hay buenos y malos. En este tipo de historias reduccionistas a ultranza de toda realidad, siempre existe una voz que se asume como la salvadora y redentora de la ciudadanía. Conocemos al menos dos figuras públicas promotoras de este –llamaremos- movimiento: uno es Gabriel Hinojosa Rivero, primo del actual presidente de la República, que militó en el PAN y ahora en el PT; y José Antonio Crespo. Desde que Alejandro Martí pronunció la célebre frase “si no pueden, renuncien” hace aproximadamente un año, la efectividad inmediata se puso de moda.

Las soluciones cortoplacistas que sólo sirven para calmar la histeria, la obsesión por las salidas fáciles y el soslayamiento de problemas estructurales. Se propone la pena de muerte para acabar con secuestradores en lugar de ver los problemas involucrados: impunidad rampante; saturación de cárceles; inequidad de oportunidades; educación paupérrima, etcétera, etcétera.

El voto nulo es la ilusión de tener una solución ante un problema estructural y deviene en convertir un sistema de democracia representativa perfectible en un sistema de gestión y administración de servicios a capricho populista. Finalmente, los instrumentos de democracia directa como el referéndum y plebiscito podrían utilizarse como el inicio de una democracia participativa, no obstante, estos tampoco admiten la figura de voto nulo y presuponen un movimiento social coordinado que tenga consecuencias en el corto y largo plazo. ¿Por qué no se les ocurriría esto a los partidarios de la anulación?


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